miércoles, 23 de junio de 2010

Bibliografia NR - El Concepto de lo Politico de Carl Schmitt

 Una obra fundamental de filosofia politica del gran pensador Carl Schmitt



lunes, 9 de noviembre de 2009

Economia Comunitaria y El Estado Comunitario Download



Hacer Click en la imagen.


Para imprimir, leer, difundir y comprender. Les dejo el download de donde pueden bajar dos excelentes textos del Doctor De Mahie, quien nos dejo este gran legado para nuestra Argentina y su porvenir.


-ECOMONIA COMUNITARIA
-EL ESTADO COMUNITARIO

Espero les sea util.

miércoles, 8 de abril de 2009

LA SEGUNDA REPUBLICA ARGENTINA

Síntesis de la propuesta para fundar una Segunda República Argentina, auténticamente soberana que reemplace la actual Argentina Colonia. Describe el contexto històrico y polìtico dentro del cual debe realizarse esta auténtica Revolución Nacional en nuestro país.



Fundar la Segunda Repùblica Argentina requiere diagnosticar acertadamente el origen de nuestros males, para poder entonces diagramar las soluciones necesarias. En cierta medida, si comprendemos lo que los dueños del Nuevo Orden Mundial nos vienes imponiendo a través de sus gerentes locales (presidentes, ministros, legisladores) y porqué, entonces con solo hacer exactamente CONTRARIO a ello, nos llevará por el buen camino...



Cinco Ejes Fundamentales para fundar la Segunda Republica Argentina

martes, 20 de enero de 2009

El Origen de la obediencia: la necesidad de ser mandado

Continuamos con extractos del Estado Comunitario

5. El origen de la obediencia: la necesidad de ser mandado

Tal necesidad de mandar evidentemente sólo puede satisfacerse si existe en contrapartida la obediencia. No es, repitámoslo, que los hombres se dividan en dos categorías, una de jefes y la otra de pasivos. Aun en las razas dominadoras, los jefes integrales y exclusivos son muy pocos. La exigencia de autoridad suprema procede, en efecto, no sólo del don de mando y de la ambición social, sino también de un haz de cualidades excepcionales. Asimismo, en una sociedad sana, los receptivos puros, incapaces de ninguna autoridad sobre sus semejantes o, ¿por qué no?, sobre los animales, y que eluden todo mando, constituyen una ínfima minoría de anormales.

La separación no se establece entre amos y esclavos, sino entre hombres que, cualesquiera sean su jerarquía y función, no soportan o soportan difícilmente ser mandados y buscan siempre y en todas partes afirmarse en la iniciativa personal y la responsabilidad, y la masa de aquellos a los que su naturaleza predestina a integrarse en una jerarquía preestablecida y a desempeñar en ella un papel subordinado, luego a obedecer y mandar al mismo tiempo y en proporciones variables según los individuos. La obediencia fastidia a los primeros. Los segundos la buscan fuera del campo limitado en que se aplica su capacidad de mando.
La obediencia puede, por tanto, ser el producto de la fuerza de las cosas, o de la fuerza sin más, cuando un jefe debe someterse, en contra de su voluntad, a órdenes que no reconoce valederas para sí, o cuando un hombre cualquiera sufre una presión irresistible en el dominio en que le corresponde ser el amo; pero no es ésta su auténtica naturaleza, puesto que, fuera de casos accidentales, no sólo es aceptada sino también deseada.

Basta considerar la relación fundamental de autoridad en que se funda el orden del grupo familiar para comprobar que la conciencia sólo es aquí un fenómeno secundario. El niño se rebela a veces contra su estado de subordinación. No por eso es menos indispensable la obediencia para su desarrollo y hasta para su supervivencia. Es para él una necesidad que procede de su inferioridad relativa. Esto no es exacto solamente para el niño. Cualquier ser humano, consciente o no de su insuficiencia personal, que no sea capaz de dirigirse plenamente a sí mismo y de actuar sobre su medio social con el objeto de adaptárselo para no verse constreñido a adaptarse a él, sólo se realiza en la medida en que un jefe compensa sus lagunas trazándole el camino por seguir y obligándolo, cuando hace falta, a respetarlo.
A la necesidad de mandar corresponde pues, la necesidad de ser mandado, que no resulta menos natural puesto que ambas expresan a la vez realidades biopsíquicas y las consecuencias sociales de su comparación.

La obediencia no es por tanto, en absoluto, un efecto de la vida social. No procede, en su principio, ni de una opresión ni de una enajenación voluntaria por contrato, aun cuando, en tal o cual caso, así ocurra de hecho. Es sencillamente la otra faceta de la jerarquía inherente a la naturaleza social del hombre, naturaleza ésta que constituye la causa de la organización social. Vale decir que no consiste de ninguna manera en una disminución, en provecho del jefe, de la autonomía del ser relativamente débil, sino que condiciona, por el contrario, su afirmación.
La obediencia es un derecho más ineludible que el que nace de la necesidad de mandar. El jefe, ignorado o rechazado, puede en efecto replegarse en sí mismo, permitiéndole su fuerza personal aislarse en alguna medida de su medio social mientras que el débil es impotente fuera de los marcos que lo orientan y protegen.

Sin jefe, el niño no puede vivir, ni el obrero producir, ni el soldado combatir. Los campesinos vandeanos se llevaban por la fuerza a los nobles liberales que no querían ponerse a su cabeza, y los obreros italianos que ocupaban las fábricas después de la primera guerra mundial raptaban en la calle a técnicos sin los cuales no les resultaba posible trabajar. Unos y otros reivindicaban así instintivamente su derecho a ser mandados, aun cuando fueran totalmente incapaces de formularlo. Hasta en el caos de la guerra civil y de la guerra social la necesidad de jefes se imponía.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Continuando con las enseñanzas del Profesor, " El mando, necesidad social "

El mando procede, pues, de la desigualdad de los individuos y del instinto social que recibe de ella su carácter jerárquico, lo que significa que constituye un factor natural del orden social.

Se puede a posteriori reglamentar su desempeño, y hasta atribuirlo según tal o cual procedimiento, por lo menos en algunos casos en los que la naturaleza no se afirma mediante una designación indiscutible; no se lo puede negar en su principio ni hacerlo depender de nada que no sea la desigualdad original. Inherente a la esencia misma del ser humano, el mando es, por eso mismo, indispensable a toda vida social.

Pensemos por un instante en lo que ocurriría en una familia privada de toda función de autoridad. La unión sexual no sería posible, puesto que se basa orgánicamente en la supremacía varonil. El niño, suponiendo que hubiera nacido por milagro, no sobreviviría, puesto que; sin hablar siquiera de su educación, su crianza supone subordinación. Por lo demás, basta con ver los resultados en la familia del debilitamiento contemporáneo de la autoridad marital y paterna para tener una idea de lo que produciría su desaparición lisa y llana en el mero dominio de la vida común: el grupo se disociaría irremediablemente o, por lo menos, sería incapaz de actividad colectiva duradera. El mando es por tanto, aquí, aun independientemente de las relaciones biológicas, factor de coherencia y estabilidad.

Ahora bien: la familia es el grupo social más reducido numéricamente, aquel en cuyo seno resulta más fácil concebir una armonía sin coacción, hecha de sentimientos e intereses comunes, por lo menos si descartamos arbitrariamente su papel funcional procreador, que exige, en todos los casos, una jerarquía fundamental. Pero si consideramos a un grupo que no pueda limitarse a la coexistencia de sus miembros por ser la actividad común su única justificación, la necesidad del mando se hace absoluta. Sin él, una cuadrilla de obreros no podría poner un riel, ni cavar una trinchera, ni menos aún edificar una casa, porque los esfuerzos individuales deben ser orientados y sincronizados. Sin él, un taller trabajaría en el vacío y no tardaría mucho en pararse. Sin él, una unidad militar perdería su eficacia y se haría destrozar. Sin él, una academia o un club deportivo, asociaciones contractuales típicas sin embargo, serian incapaces del menor trabajo colectivo.

Privada de mando, una aldea zozobraría en el caos. Las rivalidades privarían sobre los intereses comunes, y la ley de la selva pronto regularía sola las relaciones entre las familias. Con más razón una colectividad territorial más importante se disolvería en la guerra civil. La historia nos enseña, hasta la evidencia, que el orden social solo impera donde existe el mando, al nivel del mando.

La alta Edad Media no conocía, como autoridad efectiva y constante, sino la del señor feudal: el orden reinaba en la aldea, y el desorden entre las aldeas. Luego, a medida que se producía el proceso de concentración, vale decir de extensión, del campo del mando, el orden alcanzó la provincia y la comunidad dinástica, y el desorden só1o imperó entre las provincias, y, más tarde, entre las comunidades dinásticas. En el campo económico podemos seguir un proceso inverso. Cuando desapareció la autoridad de las corporaciones, el mando ya no existió sino al nivel de la empresa, y la libre competencia – ley de la selva también – reguló sola los intercambios de mercancías.

Siempre y en todas partes el mando, es una necesidad social. La horda más miserable exige un. Jefe. El imperio más civilizado sólo subsiste en cuanto posee un poder central. No hay excepción.

martes, 30 de septiembre de 2008

Continuamos acercando al lector la imprescindible lectura del Estado Comunitario.El mando, consecuencia de la desigualdad natural.

Es por desconocer esa realidad básica que los teóricos igualitarios son incapaces de explicar un fenómeno coexistente con toda especie de sociedad, el mando, considerándolo consecuencia de a organización social mientras que constituye, por lo contrario, la consecuencia social de la desigualdad natural de los hombres.
Si, en efecto, todos los miembros de un grupo social son iguales ¿por qué mandan unos y obedecen los demás? La única respuesta posible es que la jerarquía social es de origen contractual, y que el mando depende así de la voluntad de obediencia de los subordinados. Pero tal explicación resulta muy poco satisfactoria, puesto que deja a un lado el hecho, muy fácil de comprobar, de que el mando se manifiesta espontáneamente tan pronto como varios seres humanos constituyen un grupo, incluso y sobre todo cuando algunos de ellos son incapaces de una decisión personal. Habría que admitir, pues, un electoralismo tácito como inherente a la naturaleza humana.
Pero basta para rechazar semejante hipótesis, un tanto descabellada, examinar el grupo social básico por excelencia: la familia. No sólo los individuos que la componen son distintos y desiguales, sino que también las relaciones sociales entre ellos se fundan precisamente en su diferencia y desigualdad. El varón y la mujer poseen, en la unión sexual que constituye el substrato del grupo familiar, papeles funcionales diferenciados que proceden de sus respectivas naturalezas biopsíquicas. Por su desarrollo más adelantado, uno y otro están destinados a mandar al niño, que, con toda evidencia, no elige a sus padres ni se somete por libre decisión a su autoridad.
En la familia, pues, la jerarquía constituye un fenómeno natural. Ahora bien: el instinto social no es sino la ampliación del instinto sexual por adaptación hereditaria a la vida en grupo, e incluye, luego, la noción de autoridad. No sólo el hombre está incorporado desde su nacimiento en una sociedad jerarquizada que se impone a él, sino que tiene además la subconciencia de que, en ella, su lugar depende de su valor en relación con el de los demás individuos unidos a él por la vida en común. Sin duda puede subestimarse o, por el contrario, creerse superior a lo que vale. Pero aun semejante error de apreciación no pone en tela de juicio el principio del mando, que es inseparable del hombre social por serle inmanente.
Por eso vemos a las asociaciones contractuales modelarse sobre los grupos naturales dándose, como primera medida, un presidente. Es en tal instinto social autoritarista en que hay que buscar la explicación del fenómeno de la obediencia civil, que ha preocupado a tantos sociólogos. Si algunos carteles bastan para que un pueblo entero responda, a veces de mala gana, a la orden de movilización, alguna intimación para que pague impuestos que considera injustos o excesivos, y hasta una ordenanza salida de alguna oficina anónima para que la circulación cambie de mano en un país entero el mismo día a la misma hora, no es tanto porque los ciudadanos teman una coacción que su número haría ineficaz, sino porque cada uno siente subconscientemente el respeto a la autoridad, aun cuando discuta la elección de quien o quienes la ejercen.
Todo eso no significa que la clasificación nietzscheana de los seres humanos en amos y esclavos sea exacta en el campo social. Antes al contrario, simplifica peligrosamente la realidad. Los individuos sociales son todos, pero en proporciones diversas, a la vez, amos y esclavos, y son precisamente tales proporciones las que, en la sociedad natural, determinan el lugar de cada uno.

jueves, 18 de septiembre de 2008

A continuación mostramos una transcripción de la obra " El Estado Comunitario ".

1. La desigualdad natural:

El hombre no es un esquema trazado por algún maestro de la abstracción. Es un complejo individual, hecho de materia, y de inteligencia organizadora inmanente, que se desarrolla según su ritmo propio en su medio que lo condiciona, pero en cuyo seno manifiesta su autonomía. Posee cierto número de caracteres biopsíquicos que provienen de la actualización de posibilidades potenciales recibidas de sus progenitores.

Dicha actualización no es automática. A lo largo de toda su existencia, el ser humano elige a cada instante, entre sus varias virtualidades teóricamente realizables, la que mejor le permite adaptarse a sus condiciones de vida. Renuncia, por eso mismo, a las innumerables posibilidades que, entre otras circunstancias, hubiera actualizado pero que su elección excluye definitivamente. Vale decir que, aun cuando todos los hombres recibieran en el momento de su concepción una idéntica dotación hereditaria, su historia bastaría para diferenciarlos al exigir de cada uno elecciones sucesivas, condicionadas por la presión individualmente variable del medio. No sólo ciertos caracteres se actualizarían en unos y no en otros, sino que aun aquellos que son específicos, vale decir, comunes a todos los seres humanos, en algunos serían llevados al paroxismo mientras que en otros sólo se desarrollarían en el grado mínimo compatible con la vida. Aun pues en la hipótesis de una igualdad original, el medio cósmico y social impondría a los individuos variaciones creadoras de desigualdades. Pero semejante hipótesis no es defendible.

Los hombres no nacen todos dotados de las mismas posibilidades. Es éste un hecho de observación inmediata, hecho que nada tiene de sorprendente si pensamos que la dotación hereditaria de cada uno es el producto de una larga evolución anterior de la especie, que se ha diferenciado en razas y linajes. Eso sin hablar del proceso, aún casi desconocido, de la formación del germen, proceso mediante el cual se eligen y combinan, de un modo que nos aparece arbitrario y, por lo tanto, imprevisible, los genes transmitidos por el padre y por la madre. Los seres humanos son desiguales, tanto por los caracteres virtuales que reciben en el momento de su concepción como por a evolución histórica que los obliga a realizar só1o una parte variable de sus posibilidades. Unos son fuertes, inteligentes, artistas, valerosos. Pero otros son débiles, estúpidos, filisteos, cobardes. Nacen varones y mujeres, y cada sexo no sólo posee peculiaridades fisiológicas y mentales, sino que también impone al conjunto de los caracteres individuales su propia coloración.

Así, la especialización sexual constituye un factor de desigualdad que el hecho elemental de la unión orgánica del varón y la mujer pone de relieve. Por fin, la edad interviene para crear entre los seres humanos una jerarquía cualitativa indiscutida.

Tal vez las consideraciones que acabamos de exponer parezcan intempestivas al comienzo de un estudio de ciencia política. Son indispensables, sin embargo. La vida y, por consiguiente, la organización de las comunidades humanas se fundan en la naturaleza social de los seres que las componen en último análisis, y a dicha naturaleza no podemos estudiarla independientemente de los conjuntos individuales, de los que constituye só1o un aspecto. Los hombres no son iguales. Cualquier explicación social que no tuviera en cuenta un hecho tan funda mental sería inexacta. Cualquier construcción política que prescindiera de él no sería más que una utopía.