miércoles, 15 de agosto de 2012

El Sistema, el Progreso y la Igualdad



JUAN PABLO VITALI

Los automóviles pasan y pasan frente a mí, mientras espero el transporte público que tarda en venir. Y si bien esto es Sudamérica (posiblemente una de las partes más dulces de Sudamérica) no creo que esta sensación de angustia y abandono sea exclusiva de este lugar. He visto a los ubicuos japoneses ser empujados al interior de vagones atestados por otros japoneses con uniformes de ferroviarios y guantes blancos, pero que mas bien parecían policías.

Pasan y pasan las imponentes camionetas todo terreno, demostrando el poder que genera ser dueño de una de ellas, o al menos se nota cierta satisfacción en los rostros de sus dueños, que viajan de a uno, en un vehículo carísimo, que se mueve mediante un gran dispendio de combustible, para solaz de su único ocupante.

Mientras tanto, las personas continúan amontonándose a mi lado.

Sabemos que con suerte viajaremos colgados del estribo o aplastados como vacas en el angosto pasillo interior del vehículo público que nos ha tocado en suerte. Y eso si el chofer para y nos quiere llevar.

Ellos, los dispendiosos, viven en casas en las que sólo se puede vivir si uno tiene un buen vehículo, un vehículo caro.

Mientras espero, pienso en otras cosas, pero al final debo admitir que los temas se encuentran relacionados. Pienso en los sistemas políticos, en el poder, en el petróleo, en las empresas multinacionales, en la crisis de las finanzas, en cómo es que se ha llegado a esta forma de vida. Me pregunto entonces si me habré vuelto un resentido. Me pregunto además, por qué debo descubrir la esencia del capitalismo, cada mañana, del mismo modo.

Pienso en las alternativas teóricas al problema. En el socialismo, en el capitalismo, en las izquierdas y en las derechas. He conocido gentes de todas las tendencias, y todos los que dirigen actualmente esas tendencias viven en los mismos barrios (algunos cerrados) y tienen los mismos autos. Pero curiosamente, los que esperan el transporte público junto a mí (supuestamente el pueblo) se consideran a sí mismos de izquierdas o de derechas, capitalistas o socialistas, y discuten sobre el tema (sobre todo unos días antes de las elecciones) para luego convenir que el sistema, o algo que se llama más o menos así, es lo que hay que preservar.

Porque desde el sistema, que al parecer es algo bueno, se avanzará hacia una igualdad, que podrá consistir quizá en un vehículo 4x4 para cada persona, el día que reine el verdadero socialismo, o acaso cuando el auténtico capitalismo se imponga y derrame sus bendiciones sobre todos nosotros.

Mientras tanto la igualdad se realiza comprando algún otro tipo de máquinas, llámense teléfonos móviles, aparatitos que se introducen en las orejas, u ordenadores fijos o portátiles, según cada poder adquisitivo, pero siempre en la línea del progreso ascendente del hombre, la que nos enseña nuestra fe, nuestra religión progresista universal.

Todos estamos de ese modo incluidos en el sistema, aunque el transporte público no aparezca como en mi caso, o nos empujen dentro de trenes atestados, y debamos dormir en virtuales nichos como en el Japón ultramoderno. Y quién sabe qué otras cosas parecidas ocurrirán en el resto de los países civilizados y globalizados que desconozco.

Los que no pueden comprarlos se roban los aparatitos, o los aparatos, o lo que sea, y el sistema les otorga los derechos humanos suficientes para protegerlos en su actividad, a la que no osaré calificar de delictiva, porque al parecer es pura justicia social. De ese modo, se los puede incluir en nuestra fe progresista.

Además de los de izquierda y los de derecha, también algunos de los nuestros, los disidentes, los contracorriente, los políticamente incorrectos en el discurso, suelen pasar con sus automóviles último modelo frente a nosotros, si es que han tenido suerte y el discurso no les ha afectado su capacidad de hacer dinero. Porque “de algo hay que vivir” y para eso existe lo que se llama “contradicciones del sistema”.

Un viejo amigo me dijo una vez una amarga frase que no he olvidado: “El sistema es blindado”. No es una frase muy alentadora, pero convengamos que tiene algo de razón, porque cada individuo busca aisladamente mantenerse a flote en un sistema que juega con él, dándole más o menos máquinas o maquinitas, más o menos posibilidades de sobrevivir, pero inculcándole siempre, y en eso radica su genialidad, una convicción ideológica semejante a una creencia religiosa, en base a la cual se mantiene este sistema ridículo en pie, a través de una fe irracional y suicida.

El sistema no es una realidad, es la fe del hombre posmoderno, por eso existe, por eso existirá hasta que el hombre pueda asumir otra visión del mundo. Pero acaso no quiera cambiar la que posee o no se lo merezca, porque nadie se convierte en otro tipo de hombre de un día para el otro, ni cambia porque sí cuando ha llegado a convertirse en un hipócrita, o en una bestia manejada a base de microchips.