miércoles, 15 de agosto de 2012

METAFÍSICA DEL "RESTAURADOR"


Lic. Marcos Ghio

I - El Rosas inofensivo
El rosismo personificó en nuestra patria una concepción de vida absolutamente distinta de la que se nutría y aun hoy se nutre en cambio el liberalismo. Por ello, así como en la actualidad no denominamos unitarios, sino liberales, a los herederos de quienes se encuadraron hace casi un siglo y medio a favor de Francia, Brasil e Inglaterra para derrotar al propio gobierno legal y legítimo, de la misma manera no es el federalismo la esencia del rosismo, sino el tradicionalismo.
Así pues del mismo modo que el rosismo fue desarticulado hábilmente con el fraude de 1853, en donde los liberales, centralistas de otrora, no tuvieron inconveniente alguno en proclamarse sin más federalistas y copiar consecuentemente la Constitución de los Estados Unidos, ahora el argumento ha sido el siguiente:
Tras setenta años de prédica revisionista, en gran medida convincente, en donde se ensalzara la figura de Rosas en sus grandes virtudes de patriota defensor a ultranza de la soberanía nacional, los liberales efectuaron esta reflexión:

¿ Nos conviene verdaderamente que en razón de nuestra anatemización de su figura se lo siga investigando a Rosas con todas las consecuencias negativas que conllevaría ello para nosotros, no sería más conveniente en cambio reducirlo a aquello que, si bien importante sin lugar a dudas, resulta quizás para nosotros lo más inofensivo que él nos presenta ?. Reconozcámosle que defendió la soberanía en 1845 con la Vuelta de Obligado y en sucesivas intervenciones en contra de Francia o el Brasil o los ingleses, reconozcámosle también el valor de la Ley de Aduanas y de su proteccionismo, lo cual, si ahora no sería lo más conveniente en un mundo globalizado e interdependiente, sin embargo es un buen precedente.

Es decir, Rosas fue cuanto más un buen patriota, disminuyamos entonces los decibeles levantados a través del mote de tirano sanguinario, cuando se le achacaba su autoritarismo, y ensalcémosle en cambio su buena intención en defender a nuestro suelo de la prepotencia enemiga. Por lo tanto como tal tiene bien ganado el derecho de compartir el altar de la patria con otros pro-hombres tales como Sarmiento, Mitre, Avellaneda, etc.

Es decir por lo tanto que los restos de Juan Manuel de Rosas, traídos al país, han sido las de un patriota inofensivo. Lo alaban los marxistas porque luchó contra el imperialismo sajón y representó la reivindicación de los derechos de la nación proletaria en contra de la capitalista y opresora. Por su parte, los liberales nos dicen que su conducta fue la de un tirano y un retardatario del progreso, pero sin embargo se resistió a la Santa Alianza que quería restaurar las monarquías absolutas aquí en el Continente, mientras que sus adversarios, si bien proclamaban el liberalismo, paradojalmente en la práctica terminaban apoyando la restauración de una monarquía reaccionaria.


Pero quizás uno de los hecho más importantes es el de la consideración de algunos revisionistas sobre la vida del Restaurador, en la que por ejemplo decían: "Rosas tiene pánico a los doctrinarios y principistas. Quiere cosas tangibles y no metafísica, al contrario de sus adversarios políticos, los unitarios, que eran abstractos, partidarios de principios abstractos y desconocedores del medio ambiente".(1)


Ha sido justamente este error de apreciación en la figura de Rosas lo que nos lo ha hecho ahora potable para el régimen. Rosas era un pragmático, se decía, no tenía título universitario, era un hombre de acción y de oportunidad, desdeñaba las ideologías, por lo tanto se trató de un posmoderno avant la lettre.

Pero digámoslo con sencillez y contundencia: a este Rosas no lo queremos, que retorne a Southampton si es necesario para reconciliarnos así con el Rosas auténtico y verdadero.


II - Metafísica



El rosismo es por sobre todas las cosas un movimiento metafísico. Y aquí cabe una consideración especial acerca de esa disciplina. No es metafísica un mero cuerpo de ideas que se aprende en una escuela y que se guarda en el cerebro como quien junta hongos en una bolsa. No es un conjunto enciclopédico de conocimientos y erudiciones que se divulgan en reuniones de amigos de jactancia.. No, la metafísica es un determinado modo de captar y vivir la existencia absolutamente distinto y antagónico del modo físico y habitual propio del hombre moderno.
Se puede no haber estudiado nunca, ni haber pisado jamás una escuela, se puede ser incluso analfabeto y tener en cambio una dimensión metafísica, del mismo modo que se puede tener títulos universitarios y honras académicas y al mismo tiempo una supina ignorancia y ceguera acerca de tal realidad superior. No por casualidad en las universidades ya no se enseña más metafísica.


Es la metafísica por encima de todas las cosas la capacidad de captar y comprender un sentido superior a la mera existencia y verla no como un conjunto de hechos mecánicos y naturales, sino como un orden jerárquico de seres, de personas y de espíritus vivientes. Es metafísica pues al percibir la existencia a través de un sentido superior que la trasciende, exactamente al revés de lo que sucede con la modernidad y con su ciencia que por el contrario afinca y recluye al hombre en lo que es apenas inmanente y material.


III - El Rosas verdadero


Fue en función de tal adhesión a un orden superior que Rosas vivió la vida como un tránsito y como una aventura. Tuvo así la ética del guerrero, todos los momentos de su existencia son de duros combates y polémicas, y en estos fue verdaderamente un ser civilizado, a diferencia de los detractores de entonces.


Sarmiento, ese gran maestro del error - porque el error siempre también nos enseña -, ese verdadero genio maligno de la historia argentina es quién quizás mejor nos lo hace comprender a Rosas:


Sarmiento confundía la civilización con los libros y la cultura con las escuela, es decir confundía la esencia con el instrumento, porque la escuela es nada más que un complemento de la vida. Es como hoy en día la televisión que sirve sólo en función de aquello para que se la utiliza, pero que en sí misma es dañina y deletérea. Al mismo tiempo confundió la política con la administración, es decir la redujo a la esfera física de la economía, justamente en tanto ciego a una realidad superior y metafísica: en ello estribó pues propiamente el salvajismo del unitario.


Es así como en una crítica famosa que le efectúa a Rosas acerca de su negación a reconocer la independencia del Paraguay, en tanto que aquel, apoya la entrega de la Patagonia a Chile o de las Malvinas a los ingleses, pues ello sería beneficioso para la Argentina ( atención, a su manera él también pretendía ser nacionalista ) puesto que nos abría nuevos mercados y competencias. En cambio Rosas, que tanto se interesaba en la posesión del Paraguay, manifestaba de este modo su carácter de caudillo medieval porque se preocupaba por el territorio más que por el progreso. Y definió muy bien así contrario sensu la diferencia esencial entre las dos edades y por lo tanto entre las dos concepciones del mundo antagónicas que lo separaban de él de Rosas: la Edad Media era heroica y guerrera y la Edad Moderna, proclamada por Sarmiento, es en cambio burguesa, económica, materialista.


En la Edad Media, la tierra no es vivida en función de la economía, no interesa por su humus, ni por sus riquezas intrínsecas, sino en función de un valor trascendental que posee. La conquista y la expansión territorial, así como la defensa de las fronteras simbolizan, metafísicamente hablando, la fuerza expansiva del espíritu humano que encuentra en lo telúrico un sostén, un medio para algo superior a lo que hay que elevarse. Una nación es algo más que un conjunto de hombres que se reúnen para alimentarse y cobijarse juntos, es un proyecto existencial, es una idea que debe plasmarse en un tiempo y el territorio que se conquista o se defiende es la concreción de esa idea.


Por ello nada más lejos que el plebeyismo marxista que nos pinta a un Rosas antiimperialista, defensor de los oprimidos. Rosas fue por el contrario un imperialista. Pero quiso, a diferencia de los marxistas y liberales, un Imperio Argentino, por ello su tesón y empeño por reconstituir la totalidad del territorio heredado de España.


¿ De qué sirve la Patagonia si no vale un barril de pólvora ? le retrucará Sarmiento a Piedrabuena, siempre fiel a su modernidad. O Alfonsín hace doce años cuando nos sugería desprendernos de las islas del Beagle porque eran un desierto inútil y sin riquezas, o Menem sugiriendo buena letra con el poderoso y usurpador, pues así nos irá mejor.


La tierra vale en cambio por su contenido sagrado, no por su valor económico: he aquí pues el sentido metafísico y político de Rosas que lo diferencia plenamente del liberalismo burgués de ayer, de hoy y de siempre.


Darle a la existencia un contenido sacro: es ésta la función propia del hombre de Estado verdadero, no de del buen administrador y demagogo de hoy en día que tan sólo promete llenar la panza de los habitantes y que paradojalmente nunca lo logra.

IV - Rosas y el gaucho



Hombre de campo, enemigo profundo de la civilización burguesa instaurada en las ciudades bajo el capitalismo, supo como nadie comprender el alma del gaucho. Pero, justamente, en tanto no fue un demagogo como los políticos actuales que siempre prometen y nunca cumplen, él comprendió lo que había que rescatar del gaucho y aquello que en cambio debía reformarse.
Un político verdadero no es un adulador de la turba, sino un modelador de caracteres: a diferencia de la concepción moderna, él no representa al pueblo, sino que es quien la forma, lo eleva y lo inserta en una huella superior. Porque un político auténtico sabe que esta ciencia y arte significan no sólo un conocimiento y adaptación a las circunstancias, sino también y principalmente una actividad de cambio y de educación transformadora de esa misma circunstancia.


¿Qué había de positivo en el gaucho que en cambio no existía en el yankee norteamericano? Justamente una verdadera sed metafísica, heredada de los dos pueblos de los que provenía su etnia, el aborigen y el español, los que a su manera vivieron la vida como una epopeya, la existencia como un acto de trascendencia respecto del tiempo y como una búsqueda incesante de la eternidad.


El gaucho tenía una concepción de vida no utilitaria, no mercantil, no económica, no burguesa. El nomadismo era la característica central de su manera de relacionarse con las cosas. La tierra no era un espacio mensurable -el alambrado no fue puesto jamás por el gaucho- sin una extensión infinita y cabalgable.


La naturaleza no era el campo de batalla de una conquista o de un dominio a realizar a cualquier precio, sino una colaboradora, un todo con el que había que armonizar y del que se formaba parte, no para despojar o dañar, sino para compartir. A su manera el gaucho fue el primer ecologista de nuestra tierra.


La vida en fin no era trabajo, sino arte, actividad dirigida hacia un entendimiento con las cosas. Los liberales no casualmente al despreciar a Rosas consecuentemente rechazaban al gaucho al que representaba.


Cambiar el gaucho por el yankee será más tarde la gran empresa del liberalismo vencedor de Caseros. Trayendo inmigración inglesa por consejo de Alberdi o más drásticamente "no ahorrando su sangre pues de lo único que sirve es para abonar la tierra".


Pero Rosas tampoco idealizó al gaucho como algunos suponen, ni tampoco pensó que éste no precisase transformaciones en su carácter y persona. Cualquier impulso aunque fuese dirigido espontáneamente hacia lo alto debía recibir un orden, un sentido superior a toda su actividad. Atrapar esa energía metafísica y darle un significado, esa es la tarea del estadista.


V - El llamado del pueblo



El revisionismo también comete el error de denominar a Rosas como un "demócrata", a diferencia de los liberales centralistas que despreciaban al pueblo ignorante y desconocían su "voluntad". La prueba de ello es el plebiscito que convocó para ser gobernador y que cosechó una mayoría casi absoluta, con apenas ocho votos en contra.


Este hecho, así como la circunstancia de la popularidad de Rosas entre los sectores más humildes de la población, no es de ninguna manera un signo de que Rosas entre los sectores más humildes de la población, no de ninguna manera un signo de que Rosas adhiriera al dogma de la soberanía popular.



Todo lo contrario, él era el soberano y no el pueblo. Y ello se manifestaba no sólo en la circunstancia de que el poder que reclamaba para sí era absoluto y sin ninguna limitación, ni de arriba ni de abajo de sí, debiendo ser incluso reverenciado por el clero, sino en el hecho de que para él, del mismo modo que para Platón, nunca un gobernante verdadero debe pedir a sus gobernados que lo elijan, sino que deben ser éstos los que, en tanto seres carentes, le solicitan el favor de su entrega y sacrificio para que consecuentemente los gobiernes.


Por ello el plebiscito al que Rosas convoca, más que un acto de soberanía popular, más que una delegación de un poder de parte del pueblo, debe entenderse a la inversa como una solicitud de parte de éste de la necesidad de un soberano para que lo gobierne.


VI - El Caudillo


La relación entre Rosas y el pueblo es la arquetípica que debe existir entre un jefe y sus gobernados. Rosas representa el Caudillo, una institución propia heredada en nuestro país, constitutiva de nuestra idiosincrasia; el Caudillo es aquel que, en tanto es más que los otros, debe gobernar, debe conducir, debe otorgar un destino a los gobernados; es el único que puede y debe entregar un orden a la vida, hacer a los ciudadanos libres; el Caudillo se convierte pues en el sentido propio de la Argentinidad.


Ser argentino, no es lo mismo que ser japonés, belga o africano, no es un concepto intercambiable. Es una realidad plena, absoluta e irrepetible. Ello sólo lo otorga el Caudillo. Es nuestra manera peculiar en que se manifiesta el principio universal y metafísico.
Rosas tiene al respecto una virtud especial -por lo que es propiamente un Caudillo de caudillos, así como un Emperador era tradicionalmente un Rey de reyes-, que consiste en la posesión de un carisma, de la capacidad de comunicar, representar y ser ante los otros alguien de naturaleza superior que despierta reverencia, respeto y autoridad.


Lejos se encuentra de los actuales modernos demagogos, al alcance de todo el mundo, con sus mismos defectos y vicios, a veces incluso multiplicados, incapaces de suscitar respeto de parte de sus gobernados y obedecidos tan sólo por el miedo que provocan fundado en el monopolio de la fuerza que detentan.


Rosas es incluso reverenciado como un dios viviente, es aleve delito hablar mal de él o aun ponerlo a la altura de cualquiera, ( todavía hallamos esta huella de rosismo cuando el último movimiento nacional decía que cada vez que había un error no era Perón el que lo cometía, sino sus malos asesores ) y ello no por la existencia de leyes que así lo dispusieran, sino por el requerimiento del mismo pueblo que lo vivía de este modo.


VII - El principio aristocrático y sagrado del Estado rosista


Hay ciertos principios del rosismo que nos describen el significado tradicional de su período:
El concepto aristocrático y no democrático del Estado ( Estado democrático es una contradicción en los términos ) estriba en el hecho fundamental de que Rosas no es uno más de los tantos, sino alguien absolutamente diferente. Él comprendió algo fundamental de la Ciencia Política: lo primero es no confundir nunca el Estado con la Sociedad Civil. Que éste debe estar por encima de ella conduciéndola y gobernándola y esta a su vez debe obedecerlo siempre, pues el peor de los males de una comunidad no es el error que pueda cometer un gobernante, sino la anarquía.
Del principio aristocrático extraemos que la soberanía del Estado no reside en el pueblo. Esta sólo tiene su origen en lo alto, esto es, en Dios. Por ello en Rosas tenían que estar asociados en manera férrea y absoluta la Iglesia con el Estado. Pero aquí hay que hacer una acotación indispensable:
No fue Rosas un subordinado a las órdenes del clero, no consideró jamás, a la manera güelfa, la superioridad temporal de la Iglesia sobre el Estado, pues es en última instancia de Dios y no de la Iglesia de donde proviene el poder legítimo. Jamás hubiera aceptado las incursiones políticas de la Iglesia como en nuestros días.


También ésta debía acatar la soberanía del Estado a nivel temporal, así como éste la aceptaba en su superioridad teológica y sacramental. La Iglesia debía pues por sus ritos consagrar al Caudillo, otorgarle poderes sacros, para de este modo hacer descender el Otro Mundo en este mundo.
Hay páginas magníficas que nos pintan la única vez en nuestra historia en que ambos poderes, el religioso y el político, se unificaron en ritos y en ceremonias conjuntas a través de la figura casi divina y humana al mismo tiempo del Restaurador.


La Religión no podría nunca instaurarse en el alma del pueblo si éste no re-ligaba en uno sólo, como en un principio, en su caudillo, la presencia viviente de lo sagrado.


VIII - El Exilio del Restaurador


Si hay algo que se ignora de Rosas, es justamente lo que escribió. Sólo se habla del Rosas político, del gran estratega que defendió muy bien la soberanía. Será hora de que llegue el día en que, luego de que hayamos devuelto a Southampton esta falsificación, nos dediquemos a conocer al Rosas pleno y verdadero que transcurrió 25 años en el exilio y que vivió de cerca con una agudeza sin igual el gran drama que vivía el mundo en sus momentos cruciales de disolución y modernidad, dejándolo además todo absolutamente escrito.


Ese Rosas verdadero aun no fue divulgado y ni siquiera leído. De acuerdo a tal falsificación el Rosas del exilio habría pasado sus largos días en estado de añoranza y de melancolía por el poder perdido, ganándose la vida en jineteadas y sacudiendo los ocios de los Lores británicos con asados y achuras, haciendo así promoción turística para la Argentina. Nada más lejos de la realidad.
El Rosas del exilio es el más profundo de todos los que tuviéramos. Fue el Rosas que vivió de cerca la Revolución europea, él fue un observador sagaz de los grandes acontecimientos que sacudían la época y fue quizás -y los argentinos deberemos algún día enorgullecernos de ello- uno de los primeros que percibiera el gran secreto que rige la historia en su devenir: que las revoluciones y conmociones, los grandes cambios que venían aconteciendo a un ritmo racional en ese entonces no eran hechos casuales; que, a diferencia de los que dice el marxismo, las revoluciones no son acontecimientos necesarios y condicionados por la "explotación del hombre por el hombre", sino el producto claro de un orientación oculta que los rige y orienta desde los bastidores.


Rosas vio pues con agudeza otra historia detrás de esa historia. Que un conjunto de facinerosos, los mismos que acabaron con su poder en Caseros, regían con suma precisión los acontecimientos induciendo con arte minuciosa y diabólica todos los efectos que conducían inexorablemente hacia un mundo materialista y bestializado tal como el que hoy vivimos.


Entonces, frente a esa realidad en Europa, Rosas sugirió el único antídoto posible frente a ese virus que invadía el mundo: ante esa sociedad burguesa y materialista que intentaba degradar al hombre hasta la esfera más baja de la realidad, la solución que se le debía oponer era la Santa Alianza. Si bien años antes no la había comprendido y si combatido confundiéndola con un mero revoltoso, a la inversa, Rosas entiende con claridad su espíritu como la única disyuntiva posible ante el caos que visualiza a su alrededor.


Una verdadera Confederación de monarquías tradicionales de Estados católicos presidida por el Papa para hacer frente a la Revolución, era la única alternativa para detener el derrumbe. Pero sin embargo, y fijándose en la situación de la Iglesia ya en 1869, ve el peligro que se cierne sobre ella y alerta como un verdadero profeta: "Si el Papa ha de salvar a la Iglesia católica, necesita dar unas cuantas sacudidas con la tiara a la polilla que la carcome". Lamentablemente no se le hizo caso.


IX - Conclusiones


Hoy más que nunca ante una Argentina demolida y en ruinas hay que volver a recrear aquel movimiento que fuera detenido en su marcha incontenible en la negra noche de Caseros.
Rosas no ha muerto como todo digno exponente de esa fuerza metafísica y sagrada que forma a las grandes naciones, tan sólo reposa provisoriamente, porque nos animaríamos a decir que es casi como un avatara que se manifiesta ocasional y excepcionalmente en la historia de los pueblos con destino de grandeza, y que sólo espera para reaparecer nuevamente la llegada de aquellos valientes y osados que lo redespierten del letargo.