miércoles, 15 de agosto de 2012

HERNANDARIAS: CAUDILLO DE LA PATRIA GRANDE


  Nació Hernando en Asunción en el Año de Gracia de 1560, siendo sus padres el Capitán Martín Suárez de Toledo y María Sanabria Calderón. Con estos progenitores corría por la venas del vástago la mejor sangre de España. Martín Suárez de Toledo era descendiente de los Arias de Saavedra con solar conocido en Galicia, de donde salieron para la Reconquista de Andalucía.


En la galería de sus mejores hombres se encuentra un Arias de Saavedra, Mariscal de Castilla y Comendador de la Orden Monástico Militar de Santiago, que no había desmerecido sus ancestros que lo vinculaban a través de Leonor Martel con el Emperador Carlomagno. Por el lado materno nuestro héroe descendía de Juan de Sanabria, tercer Adelantado, que intentó llegar al Plata aunque la muerte frustró sus proyectos. Aquella misión fue continuada por su esposa doña Mencia, que con la jefatura de la expedición emprendió el viaje que culminó con la hazaña de hacer a pie, junto a sus hijas, el recorrido entre el Golfo de Santa Catalina y Asunción. De las dos hijas de los Sanabria Calderón nos interesa especialmente María, que casó en primeras nupcias con el Capitán Hernando Trejo naciendo entonces Hernando Trejo, que fue Obispo de Tucumán y luego fundador de la Universidad de Córdoba. Ya viuda, María volvió a casar con Suárez de Toledo, matrimonio cuyo primogénito fue Hernando y que la historia conocerá como Arias de Saavedra, al haber adoptado el nombre de uno de sus abuelos. Desde muy joven participó en un sinnúmero de expediciones fundacionales junto a Juan de Garay que más tarde sería su suegro. Su honradez y valor lo transformaron pronto en joven Caudillo como encarnación de la fe de guerreros y monjes que lo habían precedido. Llegó al gobierno en 1592 por decisión del Cabildo Asunceño. Durante los veinticinco años siguientes ocupó el alto puesto en cuatro oportunidades por designación directa del Virrey del Perú o de Felipe III, Rey de las Españas y Emperador de Indias. De su gestión es necesario destacar su preocupación por la educación y la dignidad del indio. Fue también fundador de colegios para las artes y oficios: en estas escuelas se dio comienzo al nacimiento del arte hispanoamericano en el que se trenzaron lo español y lo indígena. Las Casas de Recogimiento, instituidas por el César Carlos I de España y V de Alemania, en las que se daba asilo a las indias y mestizas hijas de cristianos difuntos fueron especialmente impulsadas por el Caudillo. Escuelas de primeras letras se erigieron para ser realidades concretas por Hernando Arias. Su preocupación por la Justicia lo llevó a dictar ordenanzas las que se confirmaron por un Sínodo que a sus instancias se reunió en Asunción durante 1603. Las disposiciones establecían la prohibición del trabajo a menores de quince años y a los mayores de sesenta. Se estableció el feriado de los días sábados para que los naturales pudiesen preparar sus oraciones del domingo. Combatió el concubinato y promovió las misiones jesuíticas y franciscanas con fines religiosos y militares para frenar la expansión de las depredadoras “Bandeiras” portuguesas. Particularmente importante fue su expedición a la Banda Oriental del Uruguay donde introdujo la ganadería. Puede llamarse desde entonces el primer estanciero uruguayo oriental, poseyendo tierras sobre el Río Negro y el Río Uruguay. Con visión geopolítica proyectó la fundación de Montevideo. Así decía en 1607: “Determinado tengo para la seguridad de esta Banda pasar a la otra Banda con gente y caballos y ponerlos en un puerto que se ha se descubierto y llaman Monte Vidio”. El título de “Protector de los Indios” le fue concedido por Felipe III quien le escribió en carta fechada en el Palacio del Pardo el 5 de mayo de 1612: “…olgado de que hayas aceptado y así continuéis favoreciendo y amparando los Indios mirando por su bien para que no sean vejados ni molestados…” Pero en el batallar por el bien común hay un capítulo que se extendió por años y que fue su lucha contra los mercaderes “portugueses cristianos nuevos”. En esta contienda Hernandarias sufrió persecución y cárcel la que soportó, el integérrimo criollo, con entereza cristiana. Todo comenzó con la apertura del Puerto de Buenos Aires para un cierto número de esclavos. El “asiento” había sido muy debatido por teólogos y juristas ya que como señala Solórzano en su “Política Indiana” estaba prohibido por numerosas “Cédulas Reales”. Concedida la apertura fue seguida de nuevos permisos para mercaderías. Todo degeneró en un alud de contrabandos con la ruina para las industrias locales y fortunas para la oligarquía de “cristianos nuevos portugueses”. La compleja situación escapa a la razonable extensión de este artículo. Pero veamos sus aspectos generales. En primer lugar la división social que mostró de un lado los mercaderes “portugueses” de dudosa sinceridad en su recientemente adoptada fe católica y por otro las familias enraizadas en la tierra, es decir los antiguos hidalgos de solar conocido. Hubo sangrientas querellas y misteriosos asesinatos, como el del Gobernador Negrón. Era la lucha contra el denostado monopolio establecido por las Cortes de Valladolid y las Reales Cédulas de 1565 y 1569 que recomendaban las industrias americanas. Las facciones surgieron con los nombres de los “Beneméritos” que agrupaba a los tradicionalistas y los “Confederados” es decir los asociados para un comercio fuera del control legal. En tal contubernio había funcionarios venales y los “mercaderes” vinculados a grupos de correligionarios en Amsterdam, donde finalmente llegaba la plata saqueada del Potosí. El informe del Procurador de las Provincias del Plata fue veraz y contundente. A él se agregaba el desarrollo fabril de México y Perú considerado como notable. Miles de obrajes consumían enormes cantidades de algodón Cochabamba era un ejemplo. Llegó entonces el contrabando de Buenos Aires y sus efectos fueron letales. Las manufacturas de la Patria Grande del Cono Sur fueron literalmente barridas. Burócratas iscariotes facilitaban las gestiones de los “mercaderes” que realizaban el contrabando ejemplar que consistía en hacer llegar barcos con cargas de esclavos y mercadería, denunciándolos para comprarlos a precio vil y revenderlos con ganancias usurarias. Los magnates estaban encabezados por el primer banquero del Plata que adoptó como nombre Diego de Vega o Veiga. De esta personalidad nos habla en un interesante trabajo titulado “Judíos Conversos” Mario Javier Saban nacido en la Argentina y conspicuo integrante del “Centro de Difusión de la Cultura Sefaradí”. En el capítulo XII, señala al acaudalado don Diego como “punto inicial para el estudio sobre las finanzas de la época”. “Llegó a ser unos de los promotores del Partido Confederado de claro corte portugués judaizante y en el momento lo encabezó como su jefe. Se enfrentó a los Beneméritos o Cristianos Viejos que deseaban aplicar las Ordenanzas Reales…” Y comenzó la persecución de los Beneméritos. El Caudillo fue arrojado en un calabozo inmundo. Se burlaron las normas más elementales, incluso la que ordenaba respetar al Gobernador del Guayrá (nueva jurisdicción de Hernandarias). El Justo fue escarnecido, difamado, embargado y “negado tres veces”. Pero Hernandarias sabía que sin Viernes Santo no hay Resurrección. Y llegó la Pascua a través del la Real Audiencia de Charcas la que sentenció el 9 de julio de 1624: “Buen Juez entero y limpio proceder en la Administración de Justicia y Observancia de las Cédulas de Su Majestad”. El Honor del Caudillo Hidalgo estaba vindicado. Descansó en la Paz del Señor el 22 de diciembre de 1631. 

Luis Alfredo Andregnette Capurro 

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